Monasterios: refugios de descanso entre siglos de historia 

Los cenobios, guardianes del patrimonio y la cultura gallega, son hoy mucho más que lugares de oración

Monasterios: refugios de descanso entre siglos de historia 

Entre tanto ruido, el silencio se presenta como un bien preciado; un deseo anhelado prácticamente a diario. En su búsqueda, existen lugares que son la representación de la quietud: los monasterios. Estas construcciones, que fueron auténticos centros de poder económico, cultural y social, se han ido adaptando con el paso de los años a las necesidades de la sociedad moderna. 

En la actualidad, en algunos de ellos es posible disfrutar de unos días de descanso. Bajo esa premisa, recorremos la comunidad a través de cenobios que permiten pernoctar y que, a su vez, están situados en los distintos Caminos de Santiago. Una experiencia accesible donde la espiritualidad y el sosiego se dan la mano.

Fundado en 1396, el Convento de San Antonio de Herbón (Padrón) pasó por diferentes etapas, destacando su periodo como colegio. A lo largo de casi cien años, miles de estudiantes pasaron por sus aulas, siendo una opción para jóvenes, especialmente del mundo rural, que aspiraban a la vida religiosa o buscaban una educación basada en el humanismo cristiano. Precisamente, uno de esos pupilos que correteaban por los pasillos es hoy quien realiza las visitas guiadas en el monasterio. “Soy un niño del colegio que vuelve a él. Ahora quiero entregarle lo que me ha dado”, apunta Juan Martínez. 

Dentro del templo se conservan retablos de gran valor histórico y artístico, así como el órgano, la sacristía o los claustros. Ya el exterior, mención especial merece la palmera datilera, que custodia el jardín desde 1900 y está incluida en el Catálogo de Árboles Senlleiras de Galicia. Este árbol comparte protagonismo con la fuente de San Benito, elemento donde culminan los recorridos hechos por Martínez. Asimismo, este convento –en el que habitan tres frailes – es el punto originario de los pimientos de Herbón, traídos desde las Américas por uno de los franciscanos que recorrió aquellas tierras. Además, dado que se encuentra en el Camino Portugués, en la parte antigua del colegio se ubica el albergue, exclusivo para peregrinos, con una capacidad para treinta personas.

Siguiendo por la Variante Espiritual de la ruta portuguesa, flanqueado por las villas marineras de Campelo y Combarro, se alza el monasterio benedictino San Juan de Poio (Pontevedra). Considerado unas de las perlas benedictinas gallegas, su imponente arquitectura alberga tesoros artísticos como sus dos claustros y una de las bibliotecas monásticas más importantes del Estado. Entre sus más de 100.000 volúmenes, en los años 60 tuvo un lugar una incorporación determinante: el fondo del bibliófilo y escritor gallego Antonio Rey Soto, quien donó cartas manuscritas inéditas de Concepción Arenal o dibujos de Castelao.  

Si se busca conocer más a fondo este monasterio y, de paso, las cautivadoras Rías Baixas, la hospedería es una gran opción, ya que ofrece un ambiente pintoresco y todos los servicios. Más allá de sus obras o de faceta turística, destaca el hórreo, muestra visible del poderío económico del monasterio durante la Edad Moderna. Con 123 metros de longitud, es uno de los ejemplares de mayor tamaño y capacidad de nuestra comunidad.

Yéndonos al Camino Francés, en medio de un frondoso valle, se encuentra  la Abadía Benedictina de Samos, que continúa siendo cenobio en nuestros días: el Real Monasterio de San Julián. Este templo, ligado a los grandes centros monásticos de Toledo, cuenta con una imponente fachada que nos lleva inevitablemente a pensar en la escalinata de Obradoiro de Santiago de Compostela. Entre sus múltiples rincones, destaca en su espectacular biblioteca. Si se quiere vivir su misticismo y su sobriedad de primera mano, su hospedería externa dispone de treinta y una plazas distribuidas en habitaciones individuales, dobles y familiares. Paralelamente, la comunidad de monjes cuenta con un albergue gratuito para peregrinos.

Pero si hay un monasterio que ocupa una posición relevante en nuestra tierra, ese es el de Oseira, conocido como el “Escorial gallego». Su construcción más destacada es su iglesia de época medieval, pero, a parte de su función eclesiástica, este cenobio tuvo un papel crucial en la conservación y la expansión del vino del Ribeiro.

Lugar de tránsito de la Vía de la Plata, Oseira esconde tantas joyas como se quiera encontrar. Con un patrimonio que no deja indiferente a nadie, dentro de sus paredes los visitantes pueden adentrarse en la actual botica, recreada en el 2009 en la sala más antigua del primitivo claustro medieval del siglo XII. Tras una reja del siglo XIX, podemos contemplar embelesados el botamen original del primer año de ese siglo, compuesto de 38 albarelos de la Real Fábrica de Cerámica de Sargadelos. Junto a ellos, un alambique del siglo XVIII, un pulpeiro y un pote le dan un toque cálido y gallego a la sala,  acompañados de mobiliario antiguo. 

Otro de los sitios imperdibles del templo es el Museo de Piedra. Tras finalizar su restauración en 1990, se instaló en el que fuera el originario refectorio o comedor medieval del siglo XII. Sin embargo, al aumentar la comunidad monástica, hubo que construir uno mayor sobre él en el siglo XVI. Así, entre diferentes cambios, se modificó su bóveda original de estilo ojival por una bóveda de cañón. En la actualidad, alberga las famosas cañerías o conducciones de agua potable en piedra de granito. Una obra titánica de nuestros antepasados, hecha a mano, sin otra tecnología que la fuerza, la paciencia y la sabiduría.

Con el fin de transmitir la calma que emana de Oseira, el monasterio acoge en su hospedería a quienes deseen vivir unos días de retiro y oración. Los huéspedes participan, de alguna manera, en la vida monástica, con la posibilidad de acudir a los oficios litúrgicos junto a los monjes. Con una estancia mínima de dos noches y máxima de siete, cada persona dispone de una habitación individual y disfruta de las comidas en el propio monasterio. 

Y de un monasterio que aún mantiene vida monacal, concluimos el viaje en en la Costa da Morte para descubrir otro que no cobija a ninguna figura eclesiástica desde hace aproximadamente treinta años. Hablamos del Monasterio de Moraime, convertido a día de hoy en un hotel perteneciente al grupo de empresas Canabal. Otrora albergue, el complejo – emplazado en el Camino de Fisterra y Muxía– dispone de ocho habitaciones, dos de ellas suites superiores, y una sala común. Las estancias conservan el encanto y la esencia propia de un cenobio del siglo XI con todas las comodidades posibles.

Además del alojamiento,  es imperdible la visita a su iglesia. Aunque permanece cerrada salvo para el culto, se realizan visitas guiadas, gratuitas para los huéspedes. En su interior se conserva un ciclo pictórico que representa los siete pecados capitales. 

Estos monasterios son espacios abiertos que abrazan a quienes buscan la calma en su máxima expresión: una parada para coger aire y seguir caminando, solos o en compañía. 

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