Cuevas de Valdeorras, el origen de un pueblo de vinos

Nadie sabe con rotundidad el origen de las singulares cuevas que respiran aún aromas de vino bajo la tierra a lo largo de la comarca de Valdeorras

Cuevas de Valdeorras, el origen de un pueblo de vinos

Fotos: Miguel Núñez

Nadie sabe con rotundidad el origen de las singulares cuevas que respiran aún aromas de vino bajo la tierra a lo largo de la comarca de Valdeorras. Son únicas en Galicia (aunque las hay también en las denominaciones de origen Rioja y Ribera del Duero), y son tantas que algún anciano y sabio viticultor se pregunta “cuántas hay aún por descubrir”. 

Así es este territorio de cromáticos paisajes naturales, de montañas, ríos y valles; de castaños y pizarra pero, sobre todo, de un patrimonio histórico digno de las mejores novelas donde uno de sus tesoros se encuentra bajo tierra: las cuevas (“covas”). Aunque su existencia la delatan sus respiraderos (especie de chimeneas), se estiman en cientos de ellas sumergidas entre Vilamartín, A Rúa, O Barco de Valdeorras, Petín, Larouco (con el foco en la parroquia de Seadur); algunas con nombre propio y adquiridas por las bodegas de la comarca; otras tantas en propiedad de particulares y el resto, silenciosamente ocultas debajo de esta orografía curvilínea que domina esta región del este ourensano.

La D.O. Valdeorras cuenta con 41 bodegas de las cuales aproximadamente unas quince disponen de cuevas que, según los responsables de las seis que visitamos, fueron construidas en los siglos XVII y XVIII; la gran mayoría, para la elaboración y preservación del vino, otras para la conservación de alimentos, pero algunas (especialmente las del área de Quiroga) para faenar aceite procedente de los olivares que existían en la zona.

Grandes, pequeñas, con recovecos lóbregos, algunas más lúgubres, húmedas pero frescas, estos templos naturales de la oscuridad son innegables atractivos para las bodegas que cada vez más las utilizan como recurso de un enoturismo en vía de desarrollo pero con un enorme potencial en todo este territorio. Piedra y vino, catacumbas de las primeras añadas de las bodegas, las cuevas, sugerentemente iluminadas, son también un coqueteo de sombras de los cientos (¿o miles?) de visitantes que reservan plaza para conocerlas y flashearse en su interior cual ancestral viticultor, copa en mano.

Este viaje al riñón sombrío pero espectacular de algunas bodegas de Valdeorras se inicia en la Bodega A Coroa donde Marta Sertaje, su directora de exportación, comenta que “nuestra cueva venía incorporada a la bodega que adquirimos en 2002, aunque la anterior propietaria nos aseguró que la cova, hasta la década de los ’60, se utilizaba como espacio para preservar el vino durante todo el año dada la regularidad de su temperatura interior”. En la bodega quisieron emplearla de esta forma pero “de mayo a septiembre las paredes de la cueva sudan”, aclara Marta. Explica que trabajan las visitas de enoturismo de mayo hasta finales de octubre pero siempre bajo reserva previa. En cuanto al origen de los visitantes (al año, en torno a las 300 personas), provienen de Madrid y resto de España, además de Alemania, EE.UU., Países bajos e Inglaterra. “Los que menos, los propios gallegos”, afirma. 

A metros de A Coroa, visitamos la cueva de Bodegas Melillas, con Sonia Prada como simpática anfitriona. Para la bodega, que nació en el 2002 y que actualmente elabora 5 vinos bajo la marca Lagar de Cigur (dos Godello y los demás, tintos) la cueva es como un imán de enoturistas, un recurso que trabajan desde febrero hasta noviembre. Hasta hace pocos años la cueva servía como reducto para la conservación del vino, pero les quedó pequeña. Ahora es el polo de atracción por el cual visitan la bodega. “En ella hacemos una cata vertical de nuestros vinos además de ser nuestro cementerio de primeras añadas”, reseña Sonia. “La cueva es muy importante para nuestra bodega porque es parte de la historia de este lugar y por ello fundamental para el relato de cara a los turistas y peregrinos, que también nos visitan muy a menudo por estar cerca del Camino de Invierno. En total vendrán unos 400 visitantes al año”, explica. “Para todas las bodegas creo que estas covas y el enoturismo tiene inmenso valor ya que son la puerta de entrada para que conozcan Valdeorras y nuestros vinos, y si además les gustan, los fidelizamos como consumidores”, apunta la propietaria de Bodegas Melillas.

Joaquín Rebolledo es una de las bodegas de mayor producción (550.000 botellas/año) y antigüedad de Valdeorras (fundada en 1978). Es el proyecto de este viticultor convencido del éxito final de las variedades autóctonas de esta región. Actualmente elaboran 8 vinos entre blancos y tintos, aunque en sus inicios sólo elaboraban un Godello y un Mencía, “pero con una visión adelantada a su tiempo, el propio Joaquín adquirió nuestra cueva en 1980 porque creía que era parte del patrimonio del lugar”, explica José Ramón Rodríguez, nuestro anfitrión. A día de hoy -y aunque está perfectamente iluminada- sólo es motivo de visita, pero en breve la acondicionarán para cumplir el rol de cata de los vinos propios. “Estamos convencidos de que las cuevas son los elementos diferenciadores de las bodegas, porque como éstas, no hay en ningún lugar de España”, sentencia José Ramón.

La siguiente estación es Bodegas Roandi, de las más jóvenes de la D.O. pero, a su vez, de las más prolíficas puesto que elaboran un total de 12 vinos, entre ellos dos espumosos. Margarita Alejandre, gerente de Roandi, explica que la cueva data del siglo XVIII “porque, aunque no hay manera de corroborarlo con certeza, expertos historiadores nos aseguran que el arco que tiene en su interior es igual al de las construcciones de puentes de esa época y, además, los materiales son los mismos”, afirma. La bodega -que se fundó en 2008- la empleaba en sus inicios como lugar de crianza de sus vinos, pero luego se convirtió en motivo de interés turístico, degustación y cata de los vinos. “Lo que la diferencia con otras cuevas de Valdeorras –apunta Margarita- es que aquí se elaboraba y guardaba el aceite y no el vino porque en esta zona había muchos olivares y producían aceite en cantidad”. En cuanto a enoturismo, la bodega, que acaba de ampliarse, es referencia en O Barco de Valdeorras y más aún luego de la pandemia. Es visitada por más de un millar de personas en tanto que la cueva lo es “por grupos reducidos de turistas que buscan espacios diferentes, tranquilos y cálidos”, reconoce la gerente.

El siguiente alto es a metros del singular Mosterio de Xagoaza y de su iglesia de San Miguel (un entorno de excepcional valor histórico que se observa en su fachada que aún conserva el escudo de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, primos hermanos de los Templarios): una casa grande a la que se accede luego de pasar por parcelas de viñedos en socalcos. Nos recibe Araceli Fernández, propietaria e hija del pionero y precursor de la ahora encumbrada Godello, Horacio Fernández, que en 1986 fundó con cinco socios la bodega Godeval, que actualmente produce 4 vinos monovarietales Godello pero diferentes entre sí (el joven, sobre lías, de parcela y el fantástico criomacerado Revival). De ellos elaboran 250.000 botellas al año. Según el relato de la propietaria, la cueva nace de la necesidad de hacer vino por parte de los habitantes del lugar que lo entregaban como forma de pago a los nobles propietarios de las tierras; y además como lugar de preservación de alimentos, dada la humedad y frescor que domina el ambiente interior de la cova. En este caso, la cueva es una de las de mayor tamaño de la comarca y conviene apuntar que históricamente así eran las que pertenecían a la nobleza y a las familias más pudientes. Como en casi todas, Godeval trabaja cada vez más el apartado enoturístico, visitas que culminan en la cueva, copa en mano (admirando su cementerio de añadas), luego de haber recorrido las viñas próximas y antes de la cata vertical de la bodega, situada en la casa grande construida sobre la misma cueva. “Pensamos que es importante que los visitantes conozcan de dónde salen las uvas, la bodega y la tecnología con que elaboramos los vinos y, por último, nuestra cueva, que es el origen histórico de los vinos”.

Finalmente visitamos A Cova da Xabreira, en Seadur (Larouco), una cueva y un entorno diferente a todos los anteriores. De la mano de Simón Val, su propietario, pasó de bodega en el año 2021 a “un lugar que da de comer”, como le gusta definirla. En cuanto al entorno, está situada en la frontera entre la Ribeira Sacra y Valdeorras, un lugar de paso con una historia real tan singular como los 4 vinos que elabora la bodega. Seadur es una de las parroquias con mayor cantidad de cuevas, sean bodegas o de particulares, y una pintura antigua y casi mural a la entrada del pueblo así lo atestigua. De la cueva y el porqué de su mutación a casa de comida hablaremos, de la rica historia de Seadur confiamos incentivar el interés del lector para que la visite y la conozca a través del relato de las gentes del lugar. “Decidimos transformar nuestra cova porque como bodega nos quedaba pequeña, así que iniciamos un proyecto de recuperación del patrimonio material e inmaterial y de ahí surgió este espacio para comer, porque además nos dimos cuenta que sólo con visitar la cueva no atraíamos al turista. Ahora, con una carta corta, productos de Km 0 y con una cocina tradicional y de brasa (chuletón da vaca, bacalao, secreto, carrilleras, tortilla y una gran variedad de verduras) hemos dado en la tecla, porque los visitantes (gallegos, de España, Alemania, Suiza o Francia) no sólo vienen para conocer la cueva sino para comer en ella”, explica Simón, que apunta que muchos comensales de verano son emigrantes de aquí que regresan y se reúnen en familia en A Cova “porque en Seadur (que significa sendero duro), siempre existió esa cultura de juntarse, en siglos pasados para hacer y tomar vino, ahora también para comer”, finaliza.

“Las covas forman parte de la historia de la comarca”

Encontramos a Marcos Prada, presidente del C.R.D.O. Valdeorras, en plena faena en su bodega de A Rúa, unos días después de la vendimia. “Las cuevas en Valdeorras es la forma más tradicional de elaboración de vinos de antaño; son parte importante de nuestra historia de viticultores”, razona el titular del Consejo Regulador. “Han sido muy importantes porque permitían elaborar en una temperatura siempre constante, sin las alteraciones tan marcadas entre verano e invierno e incluso entre el día y la noche”, explica. Pero la razón de ser de estas cuevas no se evaneció con el tiempo. “No, porque ahora a pesar de no ser el lugar de elaboración de vinos son un atractivo turístico de singular interés en el marco del enoturismo; pero al mismo tiempo forman un activo de nuestro patrimonio porque en ellas, además de catas de vinos, se realizan presentaciones culturales e incluso alguna se ha transformado en espacio gastronómico”. Respecto a la última cosecha, Marcos Prada afirma que “por suerte, este verano los viñedos no se vieron muy afectados por enfermedades por lo cual la salud de las uvas es muy buena. Estimamos algo más de siete millones de kilos de producción total, de los cuales seis millones son de Godello, que gracias a la fama que han adquirido estos vinos cada vez se planta más”; un crecimiento al que para Marcos Prada es difícil poner techo, aunque puntualiza que desde la D.O. se busca regular esa expansión del Godello “porque el crecimiento debe ser paralelo a la demanda y no indiscriminado”, finaliza.

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